La historia del abanico se remonta a muchos, muchos siglos atrás. Tal y como demuestran antiguas pinturas y numerosos escritos, ya los egipcios utilizaban estos instrumentos no sólo para airearse, también para espantar insectos. Aquellos abanicos eran grandes, semicirculares, provistos de largas plumas y de mangos largos y fijos.
Este mismo tipo de abanicos
fueron utilizados en la Grecia clásica por las sacerdotisas para preservar los
sagrados alimentos. En la antigua Roma también se adoptó esta costumbre y los
esclavos romanos aireaban y protegían con ellos del calor, moscas y otros
insectos a sus señores. La Iglesia católica en la Edad Media, hizo suya esta
costumbre heredada de los romanos para aplicarla durante la liturgia cristiana
utilizando estos instrumentos para proteger la Eucaristía de insectos y al
oficiante del calor.
Hablando ya de abanicos más
pequeños, también en China su uso es milenario y lo utilizaban tanto hombres
como mujeres. Se cuenta que llevar el abanico en un estuche y colgado en la
cintura era signo de autoridad. Los japoneses, a su vez, lo utilizaban para
saludar y en ellos colocaban los regalos que les eran ofrecidos. Para una mujer
oriental era impensable acudir a cualquier parte sin su abanico, y hasta a los
condenados al patíbulo se les hacía entrega de uno minutos antes de la
ejecución.
En Europa medieval hay constancia
de abanicos hechos con plumas de pavo real, faisán, papagayo… sujetas estas a
mangos de plata, oro o marfil y que constituían un comercio muy lucrativo.
En España la llegada del abanico
cuenta con diferentes vías de entrada. Por una parte, hay constancia de su
procedencia por vía islámica: En la Catedral de Pamplona hay una arqueta de
marfil fechada en 1005 en la que se pueden distinguir figuras talladas que
sostienen abanicos de diferentes formas. También las Crónicas mexicanas de
Tezozomoe hablan de que el emperador Moctezuma regaló a Hernán Cortés varios
abanicos cuando tuvo noticias de su desembarco. Por otro lado, se habla de los
abanicos en el siglo XIV, en la Crónica de Pedro IV de Aragón, donde se cita
como oficio (“el que lleva el abanico”) de los nobles que acompañaban al rey.
Sin embargo, es en el siglo XVII cuando se extiende su uso en nuestro país.
Bajo la protección del conde de Floridablanca, se instaló en España el artesano
francés Eugenio Prost y él fue el máximo productor de estos objetos, llegando a
superar a Italia y Francia. Máximo exponente de la moda de entonces, los
fabricaba de diferentes maneras en cuanto a color, formas, materiales y
tamaños. En ese momento el abanico también era utilizado por los hombres, pues
por aquellos días se usaban sin distinción de sexos.
En las cortes europeas los
abaniqueros franceses tenían gran fama. Se cuenta que el pintor español Cano de
Arévalo, se encerró durante todo un invierno en su casa y se dedicó a pintar
abanicos. Al llegar la primavera, hizo creer que llegaba a París provisto de
una impresionante colección. Los vendió absolutamente todos y fue nombrado
proveedor de la reina.
En el siglo XVII los abanicos
aparecen en Inglaterra, pero el varillaje de aquellos iba sujeto a un mango
rígido, eran de gran tamaño, se adornaban con motivos diversos y estaban
pintados por artistas de gran renombre.
En Francia los introdujo la reina
Catalina de Médicis que poseía una amplísima colección de abanicos de todo tipo
(tenían, la mayoría de ellos, una rica empuñadura, en ocasiones con piedras
preciosas incrustadas y los sujetaba a la cintura por una cadena de oro o
plata) lo incorporó a su vestuario cuando asistía a grandes recepciones, lo que
supuso una enorme difusión en las cortes de toda Europa.
En la corte de Enrique III,
también se hicieron muy populares, pues se tomó como ejemplo al Rey ya que
hacía uso de ellos de manera regular.
En el Renacimiento, el abanico vivió una época dorada. Isabel I de Inglaterra
solía decir a sus damas que una reina sólo podía aceptar un regalo: el abanico,
pues cualquier otro objeto era desmerecido.
La verdadera época de esplendor
aconteció durante los reinados de Luis XIV y Luis XV. Para cualquier gran
señora de aquellos tiempos, el abanico era el complemento indispensable a su
vestuario. En su fabricación se utilizaban materiales de lujo, desde piedras
preciosas, oro y metales preciosos, hasta telas italianas (consideradas las más
lujosas del mundo). Se pintaban acuarelas realizadas por los pintores más
importantes del momento y sus varillas se fabricaban con oro, plata, nácar,
carey, marfil…
Por supuesto en Venecia ya se
usaban los abanicos careta para asistir a los bailes de máscaras y carnavales.
El siglo XVIII fue el siglo de la
consagración y el triunfo del abanico. En Europa se fabricaban abanicos para
todo tipo de usos imaginables. Los había para los lutos, pintados en blanco,
negro y gris; de satén para las bodas; para usar en el salón o el jardín.
También se encontraban los impregnados en perfume que al abanicarse desprendían
su fragancia y servían para los largos paseos del verano. Llegaron también a
fabricarse con pequeñas ventanitas o espejitos incrustados que permitían
observar sin ser observados.
Los abanicos desempeñaron un
papel muy importante en la historia del coqueteo. “El lenguaje del abanico”,
que ya en los tiempos de los Tudor se desarrolló en Inglaterra, se hizo
especialmente popular entre las mujeres victorianas de clase media-alta. Como
veremos más adelante, el abanico tenía su propio lenguaje. Al amparo de un
abanico se hacían confidencias y también era posible utilizarlo para dar ánimos
a un pretendiente tímido. Una dama que se preciara no llevaba dos veces el
mismo abanico a una fiesta.
El escritor inglés del siglo XVI,
Joseph Addison declaró: Los hombres tienen las espadas, las mujeres el abanico,
y el abanico es, probablemente, un arma igual de eficaz.
La Marquesa de Pompadour dio su nombre a una gama de abanicos de varillaje
pintado.
La reina María Antonieta los regalaba a sus más íntimas amigas.
La Emperatriz Sisi, al rondar la edad de 40 años, no soportaba que nadie la
fotografiara y siempre llevaba un gran abanico de cuero para cubrirse la cara
si eso sucedía.
La reina Catalina de Médicis podía perfumar sus abanicos para uso particular o
incluso encargaba a sus perfumistas preparaciones especiales para ocasiones en
las que necesitara sus efectos, pudiendo contener efluvios exquisitos o filtros
y venenos misteriosos de los que conocía el secreto y tenía la experiencia
según se dice.
No hay comentarios:
Publicar un comentario