martes, 24 de marzo de 2026

La historia del abanico

     La historia del abanico se remonta a muchos, muchos siglos atrás. Tal y como demuestran antiguas pinturas y numerosos escritos, ya los egipcios utilizaban estos instrumentos no sólo para airearse, también para espantar insectos. Aquellos abanicos eran grandes, semicirculares, provistos de largas plumas y de mangos largos y fijos.

         Este mismo tipo de abanicos fueron utilizados en la Grecia clásica por las sacerdotisas para preservar los sagrados alimentos. En la antigua Roma también se adoptó esta costumbre y los esclavos romanos aireaban y protegían con ellos del calor, moscas y otros insectos a sus señores. La Iglesia católica en la Edad Media, hizo suya esta costumbre heredada de los romanos para aplicarla durante la liturgia cristiana utilizando estos instrumentos para proteger la Eucaristía de insectos y al oficiante del calor.
         Hablando ya de abanicos más pequeños, también en China su uso es milenario y lo utilizaban tanto hombres como mujeres. Se cuenta que llevar el abanico en un estuche y colgado en la cintura era signo de autoridad. Los japoneses, a su vez, lo utilizaban para saludar y en ellos colocaban los regalos que les eran ofrecidos. Para una mujer oriental era impensable acudir a cualquier parte sin su abanico, y hasta a los condenados al patíbulo se les hacía entrega de uno minutos antes de la ejecución.
         En Europa medieval hay constancia de abanicos hechos con plumas de pavo real, faisán, papagayo… sujetas estas a mangos de plata, oro o marfil y que constituían un comercio muy lucrativo.
         En España la llegada del abanico cuenta con diferentes vías de entrada. Por una parte, hay constancia de su procedencia por vía islámica: En la Catedral de Pamplona hay una arqueta de marfil fechada en 1005 en la que se pueden distinguir figuras talladas que sostienen abanicos de diferentes formas. También las Crónicas mexicanas de Tezozomoe hablan de que el emperador Moctezuma regaló a Hernán Cortés varios abanicos cuando tuvo noticias de su desembarco. Por otro lado, se habla de los abanicos en el siglo XIV, en la Crónica de Pedro IV de Aragón, donde se cita como oficio (“el que lleva el abanico”) de los nobles que acompañaban al rey. Sin embargo, es en el siglo XVII cuando se extiende su uso en nuestro país. Bajo la protección del conde de Floridablanca, se instaló en España el artesano francés Eugenio Prost y él fue el máximo productor de estos objetos, llegando a superar a Italia y Francia. Máximo exponente de la moda de entonces, los fabricaba de diferentes maneras en cuanto a color, formas, materiales y tamaños. En ese momento el abanico también era utilizado por los hombres, pues por aquellos días se usaban sin distinción de sexos.
         En las cortes europeas los abaniqueros franceses tenían gran fama. Se cuenta que el pintor español Cano de Arévalo, se encerró durante todo un invierno en su casa y se dedicó a pintar abanicos. Al llegar la primavera, hizo creer que llegaba a París provisto de una impresionante colección. Los vendió absolutamente todos y fue nombrado proveedor de la reina.
         En el siglo XVII los abanicos aparecen en Inglaterra, pero el varillaje de aquellos iba sujeto a un mango rígido, eran de gran tamaño, se adornaban con motivos diversos y estaban pintados por artistas de gran renombre.
         En Francia los introdujo la reina Catalina de Médicis que poseía una amplísima colección de abanicos de todo tipo (tenían, la mayoría de ellos, una rica empuñadura, en ocasiones con piedras preciosas incrustadas y los sujetaba a la cintura por una cadena de oro o plata) lo incorporó a su vestuario cuando asistía a grandes recepciones, lo que supuso una enorme difusión en las cortes de toda Europa.
         En la corte de Enrique III, también se hicieron muy populares, pues se tomó como ejemplo al Rey ya que hacía uso de ellos de manera regular.
En el Renacimiento, el abanico vivió una época dorada. Isabel I de Inglaterra solía decir a sus damas que una reina sólo podía aceptar un regalo: el abanico, pues cualquier otro objeto era desmerecido.
         La verdadera época de esplendor aconteció durante los reinados de Luis XIV y Luis XV. Para cualquier gran señora de aquellos tiempos, el abanico era el complemento indispensable a su vestuario. En su fabricación se utilizaban materiales de lujo, desde piedras preciosas, oro y metales preciosos, hasta telas italianas (consideradas las más lujosas del mundo). Se pintaban acuarelas realizadas por los pintores más importantes del momento y sus varillas se fabricaban con oro, plata, nácar, carey, marfil…
         Por supuesto en Venecia ya se usaban los abanicos careta para asistir a los bailes de máscaras y carnavales.
         El siglo XVIII fue el siglo de la consagración y el triunfo del abanico. En Europa se fabricaban abanicos para todo tipo de usos imaginables. Los había para los lutos, pintados en blanco, negro y gris; de satén para las bodas; para usar en el salón o el jardín. También se encontraban los impregnados en perfume que al abanicarse desprendían su fragancia y servían para los largos paseos del verano. Llegaron también a fabricarse con pequeñas ventanitas o espejitos incrustados que permitían observar sin ser observados.
         Los abanicos desempeñaron un papel muy importante en la historia del coqueteo. “El lenguaje del abanico”, que ya en los tiempos de los Tudor se desarrolló en Inglaterra, se hizo especialmente popular entre las mujeres victorianas de clase media-alta. Como veremos más adelante, el abanico tenía su propio lenguaje. Al amparo de un abanico se hacían confidencias y también era posible utilizarlo para dar ánimos a un pretendiente tímido. Una dama que se preciara no llevaba dos veces el mismo abanico a una fiesta.
         El escritor inglés del siglo XVI, Joseph Addison declaró: Los hombres tienen las espadas, las mujeres el abanico, y el abanico es, probablemente, un arma igual de eficaz.
La Marquesa de Pompadour dio su nombre a una gama de abanicos de varillaje pintado.
La reina María Antonieta los regalaba a sus más íntimas amigas.
La Emperatriz Sisi, al rondar la edad de 40 años, no soportaba que nadie la fotografiara y siempre llevaba un gran abanico de cuero para cubrirse la cara si eso sucedía.
La reina Catalina de Médicis podía perfumar sus abanicos para uso particular o incluso encargaba a sus perfumistas preparaciones especiales para ocasiones en las que necesitara sus efectos, pudiendo contener efluvios exquisitos o filtros y venenos misteriosos de los que conocía el secreto y tenía la experiencia según se dice.










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